¿De qué sirve ganar el mundo si perdemos la vida? La inteligencia artificial frente a nuestro tiempo

Opinión 03 de septiembre de 2026 Por Dr. Nicolás Domínguez García | Vicepresidente de Promoción y Relaciones
¿De qué sirve ganar el mundo si perdemos la vida? La inteligencia artificial frente a nuestro tiempo

Durante años nos enseñaron una fórmula sencilla para salir adelante: estudiar, prepararnos, trabajar duro, generar patrimonio y seguir avanzando. Esa fórmula permitió a muchas generaciones mejorar sus condiciones de vida. El problema es que dejó de ser una etapa y terminó convirtiéndose en una forma permanente de vivir.

Nos acostumbramos a estar ocupados.

Hay personas que pasan diez o doce horas al día en una oficina y todavía responden mensajes cuando llegan a casa. Comen frente a una computadora, posponen el ejercicio, duermen menos de lo necesario y dejan la convivencia familiar para cuando “haya tiempo”. Y muchas veces admiramos ese comportamiento como si acumular horas de trabajo fuera una medida de éxito.

La inteligencia artificial puede obligarnos a revisar esa idea.

Si una herramienta permite hacer en minutos actividades que antes consumían horas, la pregunta no debería ser únicamente cuánto más podemos producir. También tendríamos que preguntarnos qué vamos a hacer con el tiempo recuperado.

Existe un riesgo evidente: utilizar la IA simplemente para correr más rápido. Si antes hacíamos tres informes, ahora hacemos seis. Si una presentación requería medio día y ahora puede elaborarse en una hora, inmediatamente llenamos el espacio restante con nuevas tareas.

Si ése termina siendo el resultado, habremos creado una de las tecnologías más poderosas de nuestra historia para continuar viviendo con la misma sensación de falta de tiempo.

No estamos criticando el éxito

Conviene aclararlo.

No se trata de cuestionar el dinero, el éxito, el trabajo o la creación de patrimonio.

El dinero importa. Proporciona seguridad, vivienda, educación, salud, experiencias y libertad para decidir. Construir una empresa, invertir, adquirir propiedades o alcanzar independencia financiera son aspiraciones legítimas.

Romantizar la pobreza sería tan equivocado como convertir la riqueza en la única medida del éxito.

Trabajar también importa. Permite crear, producir, innovar y desarrollarnos. El problema aparece cuando aquello que debía ayudarnos a vivir mejor termina ocupando prácticamente toda nuestra vida.

Podemos querer una buena casa, viajar, tener inversiones o construir una empresa. Pero buscamos esas cosas porque suponemos que nos permitirán vivir mejor. Si para alcanzarlas sacrificamos durante décadas nuestra salud, nuestra familia y nuestro tiempo, algo no cuadra.

La discusión no es cuánto menos queremos trabajar.

Es cuánto mejor queremos vivir.

El mismo patrón pasa a nuestros hijos

Muchos crecimos viendo a nuestros padres levantarse temprano, regresar tarde y dejar para después el descanso, el ejercicio o los viajes. Nos enseñaron que primero había que sacrificarse y después disfrutar.

Nosotros seguimos buena parte de ese camino.

Y nuestros hijos empiezan a hacer lo mismo.

Desde pequeños llenamos sus agendas: escuela, idiomas, deportes, cursos y actividades. Después llegan la universidad, las especializaciones, las certificaciones y nuevamente las jornadas interminables.

Tenemos mejores computadoras y acceso inmediato a información que antes tardábamos días en localizar.

Pero seguimos diciendo lo mismo:

“No tengo tiempo”.

El Módulo de Práctica Deportiva y Ejercicio Físico 2025 del INEGI encontró que, entre las personas físicamente inactivas durante su tiempo libre, 32.2% señaló como principal razón el cansancio o la falta de tiempo por trabajo o estudio. Otro 17.6% mencionó labores domésticas o de cuidados.

No todo puede explicarse entonces por falta de voluntad. También existe un problema de organización del tiempo.

Y ahí la inteligencia artificial puede abrir una oportunidad distinta.

Construimos patrimonio, pero también deberíamos construir salud

Hacemos planes financieros a veinte o treinta años. Ahorramos, invertimos, compramos propiedades y calculamos cuánto necesitaremos para jubilarnos.

Todo eso es correcto.

Pero quizá deberíamos añadir otra pregunta:

¿en qué condiciones físicas queremos llegar a los 60, 70 u 80 años?

Podemos pasar cuarenta años construyendo patrimonio para viajar y llegar a la jubilación con dificultades para caminar. Podemos tener tiempo para convivir con nuestros nietos y no disponer de la condición física que imaginábamos.

Esto no significa que trabajar mucho provoque automáticamente hipertensión, diabetes, enfermedades cardiovasculares u obesidad. La salud depende de múltiples factores: genética, edad, alimentación, sueño, actividad física, estrés y condiciones sociales.

Pero los riesgos acumulados durante décadas importan.

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 31% de los adultos del mundo, unos 1,800 millones de personas, no alcanza los niveles recomendados de actividad física. La insuficiente actividad física se relaciona con mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, algunos cánceres y mortalidad prematura.

La OMS también calcula que, si no cambian los niveles actuales de inactividad física, los sistemas sanitarios podrían enfrentar alrededor de 300 mil millones de dólares en costos directos entre 2020 y 2030.

Esto ya no es sólo un problema personal.

También es un problema de productividad, salud pública y finanzas públicas.

Quizá deberíamos hablar de un patrimonio de salud con la misma seriedad con la que hablamos del patrimonio financiero.

Los dos se construyen durante décadas.

Cuando el éxito encuentra sus límites

Algunas historias empresariales ayudan a aterrizar esta reflexión, siempre con una precaución: no debemos atribuir enfermedades al exceso de trabajo cuando esa relación médica no está demostrada.

Steve Jobs construyó una de las empresas más influyentes del mundo. Cuando su salud se deterioró, comunicó que atenderla se había convertido en su prioridad número uno y finalmente renunció como director ejecutivo de Apple cuando ya no pudo cumplir con las obligaciones del cargo.

No existe fundamento para afirmar que su enfermedad fue causada por el trabajo.

La enseñanza es otra: llegó un momento en el que ni dirigir Apple, ni la fortuna, ni el reconocimiento mundial podían colocarse por encima de la salud.

En México encontramos historias igualmente reveladoras.

Simón Cohen, fundador de Henco Global, ha relatado una etapa de enorme intensidad profesional en la que llegó a pasar varios días sin dormir. Después de enfrentar un episodio cardiaco relacionado con una condición congénita, modificó profundamente su concepción del éxito e incorporó el sueño, la alimentación y el ejercicio como componentes centrales de su filosofía empresarial.

Juan Alberto González Esparza, quien ocupó posiciones directivas de Microsoft en varios países de América Latina, también ha contado una etapa en la que prácticamente toda su vida giraba alrededor del trabajo. Con el tiempo identificó síntomas que él mismo relacionó con burnout y terminó cuestionando la idea del ejecutivo que debe mostrarse siempre fuerte e imparable.

Los casos son distintos, pero permiten formular una pregunta:

¿en qué momento convertimos el agotamiento en una señal de compromiso?

Roberto González Barrera y una verdad incómoda

La trayectoria de Roberto González Barrera ofrece otra perspectiva.

Fue una figura central en la creación de Gruma y en la consolidación de Banorte. Su historia representa mucho de lo que admiramos del éxito empresarial: visión, generación de riqueza, internacionalización y capacidad para construir organizaciones que trascendieron a su fundador.

Murió en 2012, a los 81 años, después de padecer cáncer de páncreas.

Tampoco existe fundamento para relacionar esa enfermedad con su vida empresarial.

Pero cuando murió, Gruma siguió produciendo.

Banorte siguió operando.

Las organizaciones continuaron.

Y ahí existe una enseñanza incómoda:

las instituciones continúan. Nuestra vida, no.

Eso no significa trabajar con menor responsabilidad. Significa recordar que ninguna organización debería recibir anticipadamente toda nuestra existencia.

Cultivar la mente y también el cuerpo

La vida moderna presenta una paradoja: podemos terminar completamente agotados y, sin embargo, haber pasado casi todo el día sentados.

Mentalmente exhaustos y físicamente inmóviles.

Por eso no basta con recomendar que las personas vayan al gimnasio. También debemos revisar cómo organizamos el trabajo.

Si la inteligencia artificial puede automatizar reportes, analizar información, preparar borradores y reducir tareas administrativas, su beneficio no tendría que medirse únicamente por cuántas actividades adicionales conseguimos introducir en la jornada.

Una parte de esa eficiencia podría convertirse en tiempo para caminar, hacer ejercicio, dormir, comer con tranquilidad o convivir con la familia.

Hace casi dos mil años Juvenal escribió la expresión que conocemos como “mens sana in corpore sano”, una mente sana en un cuerpo sano.

Sigue siendo extraordinariamente vigente.

Podemos pasar veinte años desarrollando nuestra mente y después treinta años frente a un escritorio sin encontrar media hora para cuidar nuestro cuerpo.

Podemos conocer perfectamente los indicadores financieros de una empresa y desconocer los nuestros.

Francis Bacon formuló hace siglos la idea posteriormente popularizada como “el conocimiento es poder”.

Lo sigue siendo.

Pero quizá nuestra época necesita completar esa frase:

¿poder para qué?

La inteligencia artificial puede localizar información, resumirla y compararla. Pero comprender, cuestionar, desarrollar criterio y decidir qué vale realmente la pena siguen siendo tareas humanas.

La IA no debería evitarnos pensar.

Debería ayudarnos a eliminar parte del trabajo mecánico para disponer de más tiempo para pensar mejor.

Y también para vivir mejor.

¿De qué sirve ganar el mundo?

En Mateo 16:26 aparece una de las preguntas más poderosas sobre los límites del éxito: ¿de qué sirve ganar el mundo si terminamos perdiendo el alma o la propia vida?

Más allá de su interpretación religiosa, la reflexión conserva una enorme actualidad.

¿De qué sirve tener recursos para recorrer el mundo si cuando finalmente tenemos tiempo ya no podemos recorrerlo?

¿De qué sirve construir patrimonio si no contamos con salud para disfrutarlo?

¿De qué sirve llegar a la cima profesional si nuestros hijos crecieron mientras nosotros estábamos permanentemente ocupados?

No estamos diciendo que el dinero no importe.

Importa.

Tampoco estamos cuestionando el éxito.

También importa.

La carrera profesional, el conocimiento, las empresas y el patrimonio tienen sentido precisamente porque existe alguien que puede disfrutarlos.

Nosotros.

El verdadero dividendo de la inteligencia artificial

Cuando hablamos de productividad pensamos casi siempre en dinero: mayores ventas, menores costos y mejores márgenes.

La inteligencia artificial podría obligarnos a incorporar otro indicador:

el tiempo recuperado.

Si una actividad que antes requería tres horas puede realizarse en treinta minutos, no todo ese ahorro tiene que convertirse inmediatamente en nuevas tareas.

Una parte puede beneficiar a la empresa, al trabajador y al consumidor. Otra puede convertirse en tiempo para cuidar la salud, convivir, aprender por gusto o simplemente vivir con menos prisa.

Eso también puede ser progreso.

Nuestros padres vivieron ocupados. Nosotros aprendimos a vivir de forma parecida y nuestros hijos empiezan a repetir el patrón.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a romperlo o simplemente acelerarlo.

Podemos utilizarla para exigir más productividad, más tareas y más resultados, o para enseñar algo diferente: que desarrollar conocimiento importa, pero cuidar el cuerpo también; que generar patrimonio es valioso, pero llegar con salud para disfrutarlo también; y que estar permanentemente ocupado no es necesariamente una medida del éxito.

Steve Jobs, Simón Cohen, Juan Alberto González Esparza y Roberto González Barrera vivieron circunstancias completamente distintas. Sería irresponsable atribuir sus enfermedades o experiencias a una misma causa.

Pero sus historias recuerdan algo elemental:

el éxito no elimina nuestra vulnerabilidad humana.

Francis Bacon habló del poder del conocimiento. Juvenal recordó el equilibrio entre mente y cuerpo. Mateo preguntó de qué sirve ganar el mundo si en el camino perdemos lo esencial.

Quizá la inteligencia artificial nos obliga a regresar precisamente a esas preguntas.

No hay nada malo en querer tener dinero, construir patrimonio o llegar más lejos. El problema aparece cuando olvidamos para qué queríamos conseguirlo.

Tal vez el verdadero progreso no sea trabajar cada vez más rápido para llenar inmediatamente el tiempo ganado con más trabajo, sino utilizar la tecnología para producir mejor, desarrollar conocimiento y criterio y conservar algo que también forma parte del patrimonio de una vida:

tiempo y salud para disfrutarla.

Porque, al final, lo relevante no es solamente cuánto conseguimos acumular.

Lo relevante es estar ahí para vivirlo.