LA ESPERANZA TAMBIÉN SE CONSTRUYE

Blog 28 de octubre de 2026 Por Act. Javier Lozano Dubernard | Presidente del Consejo Directivo de la AMDAD, A.C.
LA ESPERANZA TAMBIÉN SE CONSTRUYE

Liderazgo, excelencia y responsabilidad pública a partir del discurso de la princesa Leonor.

Una reflexión que trasciende la ceremonia

El 23 de octubre de 2026, durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias, celebrada en el Teatro Campoamor de Oviedo, la princesa Leonor planteó una inquietud compartida por muchas personas, especialmente por las generaciones jóvenes: cómo mantener la esperanza y el entusiasmo en un contexto marcado por la incertidumbre, las desigualdades, los conflictos y el desencanto social. Su intervención no ignoró las dificultades; invitó a mirarlas sin cinismo ni dramatismo y a encontrar razones para seguir confiando en las capacidades humanas.

La pregunta que recorre su discurso tiene una dimensión pública: ¿cómo sostener la confianza cuando las personas perciben que es difícil construir un proyecto de vida, acceder a un empleo digno o contar con una vivienda? La respuesta no puede depender únicamente de palabras alentadoras. Requiere instituciones que funcionen, decisiones responsables y resultados que puedan comprobarse.

La confianza se gana con hechos

La princesa vinculó la esperanza con la posibilidad de observar a quienes, mediante su trayectoria y sus obras, contribuyen a mantener la curiosidad, la capacidad de asombro y la confianza. Esta idea ofrece una lección útil para las organizaciones públicas: la credibilidad no se decreta ni se obtiene por un discurso. Se construye con congruencia entre lo que se promete, lo que se hace y los resultados que se entregan.

En la vida institucional, el ejemplo importa. Una organización que cumple sus compromisos, explica sus decisiones, reconoce sus errores y corrige oportunamente fortalece la confianza. En cambio, cuando los anuncios no se traducen en resultados verificables, se amplía la distancia entre las instituciones y la ciudadanía.

La excelencia no es un acto: es un hábito

La excelencia suele asociarse con un logro extraordinario, una decisión acertada o un momento excepcional. Sin embargo, su fundamento está en la constancia: en prepararse, trabajar con rigor, actuar con ética, aprender de los errores y mejorar de manera continua. La excelencia no surge de un acto aislado; se forma mediante hábitos sostenidos.

Esta perspectiva es especialmente relevante para la auditoría al desempeño. Evaluar no consiste solamente en revisar si se ejercieron recursos o si se cumplieron actividades. Implica analizar si las acciones públicas produjeron los bienes, servicios y resultados esperados; si respondieron a las necesidades de la población; y si los recursos se utilizaron con eficacia, eficiencia, economía, calidad y orientación al valor público.

La mejora del desempeño tampoco se alcanza con una evaluación ocasional. Requiere indicadores pertinentes, información confiable, seguimiento de recomendaciones y aprendizaje institucional. La práctica constante de medir, explicar, corregir y rendir cuentas convierte la mejora en una forma de trabajo, no en una promesa temporal.

Tecnología, humanidad y juicio crítico

En su discurso, Leonor también aludió a la tensión entre la autenticidad de la experiencia humana y la aparente perfección de las máquinas. En una época de inteligencia artificial, automatización y circulación acelerada de información, esta reflexión invita a aprovechar la tecnología sin renunciar al juicio crítico, la empatía ni la responsabilidad.

Para la fiscalización y la evaluación públicas, la inteligencia artificial y el análisis de datos pueden ayudar a identificar riesgos, detectar patrones y orientar mejor las revisiones. Pero las herramientas no sustituyen la calidad de los datos, la independencia profesional ni la obligación de explicar las conclusiones. La innovación aporta valor cuando mejora decisiones y resultados, y cuando se utiliza con controles, transparencia y responsabilidad.

Esperanza, Estado de derecho y cero impunidad

La confianza pública necesita más que buenas intenciones: exige reglas claras, instituciones sólidas y consecuencias ante los abusos. Un Estado de derecho fortalecido supone que la ley se aplique con imparcialidad, que los derechos sean protegidos y que las responsabilidades se determinen mediante procedimientos legales y debido proceso.

La aspiración de cero impunidad debe expresarse en investigaciones eficaces, sanciones cuando se acrediten responsabilidades y mecanismos que eviten la repetición de las conductas indebidas. La auditoría al desempeño contribuye desde su ámbito cuando identifica fallas de diseño, operación o control, documenta hallazgos con evidencia y promueve que las recomendaciones se traduzcan en mejoras verificables. No sustituye a las autoridades investigadoras o jurisdiccionales, pero puede ayudar a que los problemas no queden ocultos ni se repitan.

La rendición de cuentas también exige distinguir entre una irregularidad detectada, una presunta responsabilidad y una responsabilidad legalmente acreditada. El rigor en esa distinción protege la integridad de la fiscalización y la legitimidad de las instituciones.

Del desencanto a la acción

El mensaje de esperanza adquiere sentido cuando se convierte en acción cotidiana. Para las instituciones públicas, eso significa escuchar a la ciudadanía, establecer objetivos medibles, publicar información comprensible, evaluar resultados y corregir aquello que no funciona. Para quienes ejercen responsabilidades directivas, significa dar ejemplo y sostener estándares éticos incluso cuando hacerlo exige esfuerzo.

La auditoría al desempeño puede contribuir a recuperar la confianza si se entiende como una herramienta para aprender y mejorar, además de identificar incumplimientos. Su propósito no debe agotarse en señalar lo que salió mal: también debe ayudar a explicar por qué ocurrió, qué consecuencias produjo y qué cambios son necesarios para generar valor público.

Una esperanza que se demuestra

Al cerrar su intervención con el verso de Paul Valéry —«El viento se levanta… ¡Hay que intentar vivir!»—, la princesa Leonor evocó una invitación a seguir adelante en medio de la incertidumbre. Trasladada al ámbito público, esa invitación puede entenderse como un llamado a no resignarse al desencanto, pero tampoco a conformarse con el optimismo retórico.

La esperanza institucional se vuelve creíble cuando se traduce en servicios que responden a las necesidades reales, recursos que producen beneficios, decisiones transparentes y responsabilidades que se cumplen. Y la excelencia se consolida cuando esos principios dejan de ser excepciones y se convierten en hábitos.

Desde la AMDAD, la reflexión es pertinente: evaluar el desempeño significa ayudar a que las instituciones aprendan, mejoren y entreguen resultados que la sociedad pueda reconocer. Porque la confianza no se exige; se merece. Y la excelencia, más que proclamarse, se practica todos los días.

Fuentes de consulta