Auditoría al desempeño en 2026: de revisar el gasto a demostrar valor público

Por: Lic. Roberto Lagunes Alarcón | Vicepresidente de Comunicación y Difusión

En 2026, la auditoría al desempeño enfrenta una exigencia más alta que nunca: no basta con verificar si los recursos públicos se ejercieron, sino si realmente generaron resultados, resolvieron problemas y fortalecieron la confianza ciudadana. En un entorno marcado por la digitalización del gobierno, el uso creciente de inteligencia artificial y una presión cada vez mayor por demostrar resultados, la auditoría al desempeño se vuelve una herramienta estratégica para mejorar la gestión pública.

Durante muchos años, una parte importante del control público se concentró en responder preguntas necesarias, pero insuficientes: si el recurso se gastó, si el procedimiento se cumplió, si el expediente estaba completo. Hoy, en cambio, la pregunta de fondo es otra: ¿la intervención pública funcionó?

Ese cambio de enfoque explica por qué la auditoría al desempeño resulta especialmente relevante en 2026. De acuerdo con los principios internacionales de INTOSAI, este tipo de auditoría examina si las acciones, programas, sistemas u organizaciones públicas operan conforme a los principios de economía, eficiencia y eficacia, con el propósito de impulsar mejoras.

La diferencia no es menor. Mientras una revisión tradicional puede confirmar que hubo apego normativo, la auditoría al desempeño busca determinar si el diseño institucional fue adecuado, si la implementación fue eficiente, si los resultados fueron medibles y si los efectos observados justifican la inversión pública. En otras palabras, traslada la conversación desde el “se hizo” hacia el “sirvió”.


Un 2026 que exige auditorías más inteligentes

El contexto actual ha elevado las expectativas sobre la función auditora. La OCDE ha señalado que los gobiernos enfrentan desafíos complejos y de largo plazo, con una presión creciente por demostrar resultados de gobernanza y monitorear avances con mayor precisión. En paralelo, el uso de inteligencia artificial en el sector público ha avanzado con rapidez por su potencial para mejorar productividad, capacidad de respuesta y rendición de cuentas, aunque también abre riesgos de opacidad, sesgos, errores y debilitamiento de la confianza pública si no existen controles adecuados.

Eso significa que en 2026 la auditoría al desempeño ya no puede limitarse a metodologías lineales o puramente documentales. Debe incorporar análisis de datos, evaluación de indicadores, revisión de riesgos emergentes y una lectura mucho más integral del valor público. También debe estar preparada para auditar políticas y programas que dependen de ecosistemas digitales, automatización, interoperabilidad institucional y decisiones apoyadas en algoritmos. INTOSAI y su comunidad profesional han venido reforzando justamente esa necesidad de que los marcos y pronunciamientos internacionales sean más claros, relevantes y preparados para el futuro.

Ya no basta con medir actividad: hay que medir resultados

Uno de los mayores problemas de la administración pública contemporánea es confundir movimiento con desempeño. Tener más trámites procesados, más reuniones celebradas, más capacitaciones impartidas o más recursos devengados no implica necesariamente mejores resultados públicos.

Por ello, la auditoría al desempeño cobra valor cuando cuestiona la calidad de los indicadores y no solo su existencia. Un programa puede reportar alto cumplimiento operativo y aun así no modificar el problema que le dio origen. Puede incluso generar incentivos perversos: metas fáciles de cumplir, indicadores centrados en volumen y no en impacto, o sistemas de seguimiento que privilegian la evidencia administrativa sobre la evidencia sustantiva.

Los marcos de auditoría de desempeño de INTOSAI insisten en que el objetivo de auditoría debe estar claramente definido y vinculado con economía, eficiencia o eficacia. Eso obliga a que la revisión no se quede en generalidades, sino que formule preguntas auditables sobre diseño, implementación, resultados e impacto.

En este sentido, uno de los grandes retos para 2026 es profesionalizar la construcción y revisión de indicadores públicos. La discusión ya no debe centrarse solo en cuántos indicadores hay, sino en si realmente permiten saber si una política pública mejora la realidad que busca transformar.

Auditoría al desempeño y gobernanza digital

Otro factor que vuelve indispensable esta disciplina en 2026 es la transformación digital del Estado. Los gobiernos están utilizando más datos, más automatización y más herramientas de inteligencia artificial en áreas como atención ciudadana, detección de fraude, asignación de prioridades, fiscalización, gestión de riesgos y prestación de servicios. La OCDE ha documentado ese avance y sus implicaciones para la accountability pública.

Frente a ello, la auditoría al desempeño debe evolucionar para responder preguntas nuevas, por ejemplo:

¿la tecnología redujo tiempos y costos o solo digitalizó ineficiencias previas?
¿los modelos automatizados mejoraron decisiones o introdujeron sesgos?
¿existe trazabilidad sobre cómo se generan ciertas decisiones públicas?
¿los ciudadanos entienden y pueden cuestionar esos procesos?
¿las instituciones tienen capacidades para supervisar sistemas que ya influyen en la gestión pública?

La propia comunidad internacional de entidades fiscalizadoras superiores ha comenzado a tratar estos temas con mayor intensidad, tanto en artículos técnicos como en auditorías sobre inteligencia artificial y regulación pública.

Esto abre una conclusión importante: la auditoría al desempeño no solo debe revisar programas públicos; también debe revisar la calidad de la arquitectura institucional que hoy produce decisiones públicas.

El caso mexicano: una oportunidad para fortalecer la cultura de resultados

En México, la pertinencia de esta discusión es evidente. La ASF publicó en febrero de 2026 el Programa Anual de Auditorías para la Fiscalización Superior de la Cuenta Pública 2025, lo que confirma la continuidad y vigencia de la función fiscalizadora en el país. Además, dentro de su estructura institucional, la Auditoría Especial de Desempeño mantiene un espacio específico dentro de la programación de actividades.

Sin embargo, más allá de la estructura formal, el desafío sigue siendo cultural y técnico. La auditoría al desempeño todavía necesita consolidarse, en muchos espacios, como una herramienta para aprender, corregir y mejorar, y no únicamente como un ejercicio ex post de señalamiento. Cuando se entiende correctamente, su valor no reside solo en detectar deficiencias, sino en ofrecer evidencia para rediseñar políticas, corregir incentivos, fortalecer capacidades institucionales y hacer más inteligible la acción gubernamental.

Eso es especialmente importante en un país donde las restricciones presupuestales, la exigencia ciudadana y la complejidad de los problemas públicos obligan a que cada peso genere mayor valor social.

Cinco prioridades para la auditoría al desempeño en 2026

Si quisiéramos resumir la agenda inmediata de esta disciplina en 2026, al menos cinco prioridades destacan con claridad.

La primera es auditar resultados y no solo procesos. El cumplimiento importa, pero no puede desplazar la pregunta por la efectividad real de las intervenciones públicas.

La segunda es fortalecer la calidad metodológica de los indicadores. Sin métricas sólidas, comparables y relevantes, no hay evaluación ni auditoría robusta.

La tercera es incorporar capacidades de análisis de datos y revisión tecnológica. El entorno público actual exige auditores capaces de leer bases de datos, detectar patrones, entender automatizaciones y cuestionar sistemas digitales.

La cuarta es vigilar riesgos éticos y de gobernanza asociados al uso de IA. La eficiencia tecnológica no puede sustituir la responsabilidad pública, la transparencia ni el debido control.

La quinta es comunicar mejor los hallazgos. Un buen informe de auditoría al desempeño no solo debe ser técnicamente sólido; también debe ser comprensible, accionable y útil para tomadores de decisiones, academia y ciudadanía. INTOSAI ha insistido en la importancia de que las EFS mantengan buena comunicación con las entidades auditadas y otros actores relevantes durante el proceso auditor.

Una disciplina indispensable para el valor público

Hablar de auditoría al desempeño en 2026 es hablar de la capacidad del Estado para aprender. Un gobierno que no mide resultados con seriedad corre el riesgo de gastar sin transformar, cumplir sin mejorar y reportar sin convencer.

Por eso, la auditoría al desempeño no debe verse como una especialidad secundaria dentro del control público, sino como una función esencial para conectar planeación, ejecución, evidencia y rendición de cuentas. Su fortaleza está en hacer visible algo que muchas veces queda oculto entre normas, trámites y narrativas institucionales: si la acción pública realmente está generando valor.

Hoy más que nunca, auditar desempeño significa auditar la capacidad del sector público para responder a una ciudadanía que ya no solo pregunta cuánto se gastó, sino qué cambió gracias a ese gasto.

Bibliografía

Auditoría Superior de la Federación. (2026, 6 de febrero). Programa anual de auditorías para la fiscalización superior de la Cuenta Pública 2025.

INTOSAI. (2019). ISSAI 300: Principios de la auditoría de desempeño. International Organization of Supreme Audit Institutions.